Los caminos de la vida
Un sol de junio, perezoso, tardío, dibujó fugaces tersuras sobre la inmaculada nieve de la meseta patagónica rionegrina y creó sombras sinuosas, de las pocas ramitas que sobresalían de su espesor. El paisaje dejaba verse hasta muy lejos, de una forma que, a otras horas del día, carecía del contraste de colores, de luz y sombra de éste amanecer. Las ovejas, que pasaron la noche resguardándose del frío, uniendo sus cabezas y participando del calor mutuo, sienten un alivio luego de la nevada y se desperdigan lentamente buscando alimento en las pocas zonas donde es posible. El peón, que las observa cansinamente por la rendija de sus párpados curtidos, no deja de asombrarse de la resistencia y adaptación de los animales a un invierno tan crudo.
Cerca de él, un añoso zaino aterido de frío, todavía sin ensillar, respira tranquilo, exhalando un vapor que crea un arco iris intermitente, parado cara al viento, con las orejas alertas, la pata trasera izquierda levemente flexionada y un temblor frecuente de los ijares. Cuando el aire se caliente un poquito caminará arrastrando las riendas de un cabestro más viejo que su dueño, siguiendo la majada, sin la compañía de los perros lanudos, todavía ovillados, que mantienen un duermevela de adolescente esperando el silbido cambiante de Hilario. Las pocas piedras que se dejan ver entre la nieve, son rugosas, opacas y tristes, ninguna tiene la lisura que refleje el cielo de un azul cobalto intenso.
Las hebras de tabaco negro almacenado en una tabaquera hecha con la piel curtida del cuello de un choique, espera que líe su primer cigarro con la solemnidad de las ceremonias rituales. Los mates amargos, largos y sabrosos hechos con la paciencia que otorga la ausencia de horarios se entremezclan con los pensamientos de este hombre solitario que hace tiempo fue un joven impetuoso. Las atractivas y sinuosas llamas del fogón no lo engañan, éste rancho sólo es el lugar de descanso de su sacrificada labor que no cambiaría por otra. Así será también para los que le sucedan. Muchos años al servicio de patrones que no apreciaron siquiera su condición humana, ni el valor de su tarea, aplacaron sus arranques juveniles para trocarlos en esa dignísima parsimonia con la que ejerce su trabajo. La astucia y observación de muchas generaciones de puesteros terminaron por proveer, a la perdida y desolada casucha, de instrumentos tan útiles como ingeniosos creados a partir de los objetos naturales que la rodean. Poco de lo que hay allí fue comprado y nada es superfluo.
Repasa su historia, que se cruzó con la de viejos peones quienes lo miraron con respeto y condescendencia, cuando él pasaba por años mozos. Ellos estaban de vuelta, agotados y vencidos, en la persecución de una utopía que les permitió soñar alguna vez con un pedazo de su propia tierra, con sus ovejas, con sus mujeres y sus niños esperándolos en el rancho, “ahisito nomás”, y no a cientos de kilómetros de este desierto que tanto amaron, que los caló más hondo que el propio frío, curtiéndolos con un silencio tan doloroso como obligado. En el naufragio de su búsqueda algunos se ahogaron en un alcohol melancólico, triste, de una soledad que agobia, de añoranzas de cariños familiares tan intensos como poco verbalizados.
El ladrido del “Tuque” lo sacó abruptamente de sus devaneos y le impuso la necesidad de mover sus ya doloridas tabas para colocar el apero, abrigarse con el poncho de lana cruda, teñida con pigmentos naturales, de colores ocres, y montar su caballo para guiar la majada hacia donde la nieve es menos profunda, y el pasto apenas un poco más alto.
Al querer silbar a su perro “Negro”, para que arrime las ovejas al escuálido arroyito del cañadón, sintió una puntada intensa, brusca, bajo la paleta izquierda y tosió repentina y repetidamente, tanto, que los animales lo miraron. Una tos que lo obligó a bajarse del zaino para afirmarse en él, buscando un alivio, un apoyo a sus brazos. Un sabor dulzón pasó rápido por su boca y tiñó la nieve de un rutilante escarlata que pronto viró al rosado. Nadie estaba allí para advertirle la importancia de aquello que acababa de romper una rutina, que parecía que iba a ser eterna. Su lucidez le indicaba que era necesario e importante ver, cuanto antes al “dotorcito Mario”, en la ciudad donde su mujer y sus hijos peleaban la vida en otro terreno, mucho menos bello pero, tanto o más duro que el suyo. No solo necesitaba imperiosamente un médico sino también la compañía y el cariño de sus seres queridos.
Es martes pensó, hoy a la noche pasa el tren desde Bariloche, que se detiene unos pocos y vitales minutos en la estación desamparada rodeada de menos casas que jarillas. Armó un bolsito con sus pilchas de ciudad y se acercó hasta el ranchito del puestero vecino, a dar una explicación por su partida imprevista, y encargarle el cuidado de los animales. Un viaje de quinientos kilómetros, en un largo asiento de segunda clase, con hombres y mujeres a quienes esos vagones les llenan el corazón de una esperanza de encuentros y afectos por venir, pasa lentamente al ritmo de un adormecedor tatám-tatám. Al entrar a su casa, su mujer, Dora, semblanteó prontamente su palidez que, junto a la inesperada llegada, le encendieron una temerosa inquietud que no pudieron apagar las risas y la alegría de la familia. Esa noche, en el calor y la intimidad de una muy deseada cama, le confesó a su “patrona” el motivo de su viaje. Poco y mal durmieron, en silencio sus mentes recordaron historias de otros trabajadores rurales de la pequeña ciudad, más o menos similares a la suya, pero al día siguiente, antes de las cinco de la mañana estaba listo, bien limpio como siempre, peinado, afeitado y perfumado, con sus mejores pilchas para ver a su “dotor”. El que conoció cuando éste era bien pichón quien, hace tanto tiempo ya, salió tan sonriente como asustado del primer parto que efectuaba en su nuevo hospital, entregándole a su primer hijo en sus fuertes brazos temblorosos. Aunque había otros médicos, Hilario sólo confiaba en él, que lo escuchaba como ningún otro, que le daba todo el tiempo que necesitara y le hablaba en “criollo” sin temblor alguno en la voz, mirándolo a los ojos.
Mario carga a cuestas dos días de angustia continua, mientras espera el parte matinal de su colega de terapia intensiva que actualice los datos de las condiciones vitales de su padre. Sentado en una de las sillas de un pasillo, que tantas veces vio ocupadas por familiares de pacientes que, o renovaban expectativas con alegría inocultable en sus miradas o rompían en llanto apenas terminaban de escuchar el informe de la evolución del estado de sus seres queridos. Nunca antes contempló ésta parte de su lugar de trabajo privado, desde esa ignorada perspectiva ambiental, que lo deja descolocado también emocionalmente, ante el paso de los familiares y amigos alegres y gritones, de las últimas parturientas.
Mide el paso del tiempo escuchando, con mucho esfuerzo y concentración, el ritmo del sonido del monitor conectado a ese ser tan enigmático por el cual se encuentra allí. Cada latido renueva la esperanza por la superación de esta nueva dificultad, una más entre todas las que ha acumulado en sus ochenta y cuatro años de existencia, para poder verlo sedentario pero alerta, conectado aunque sea de a ratos, con una realidad social que ambos soñaron diferente. Recuerda su infancia y juventud pasados junto a éste hombre, los esfuerzos conjuntos, laborales y estudiantiles, para que él no fuera un médico más. Todo la energía fue puesta para formarse como un médico de pueblo, muy lejos de ese modelo tecnicista y afectivamente distante, inconmovible, tan común hoy en día en cualquier institución compleja.
Su cirujano maestro le dió todo lo que pudo enseñarle pero aprendió de otros colegas el arte de escuchar. La combinación resultante no encaja en ninguna estructura médica citadina, pero se percibe como exitosa entre aquellos que siguen necesitando mucho oído, sonrisas, miradas atentas, palmadas que acortan distancias, apretones de manos fuertes, sinceras demostraciones de afecto, pero sobre todo sentido común médico.
Por momentos, habla con sus hermanos recordando sucesos de una infancia que vivieron en común y, parecen criados en diferentes casas porque pocos registros coinciden en la memoria de cada uno de ellos. Sus hijos, comprendieron con el paso del tiempo, que sus Navidades no eran tan previsibles como las de otras familias, y vivieron los llamados telefónicos como misiles a los planes de esparcimiento que pudieron elaborar. Ahora, ya grandes, se encuentran estudiando muy lejos, cada uno en lo suyo, distantes físicamente de esas sillas vacías, de estos minutos que se estiran y tensan como la cuerda de un arco.
Su responsabilidad médica aumenta cada día y el tiempo lo ha convertido en el decano de las instituciones donde trabaja. Ya no puede seguir la cresta de la ola de las actualizaciones de la especialidad que ejerce. Tiene a cuestas un saber basado en su experiencia, en la que le transmitieron sus maestros, enfermeras y aquellos docentes de una época y una sociedad que ya no existe. Aún se sorprende mucho al encontrarse con tremendos muchachotes, que nacieron cuando él llegó, flaquísimo, entusiasmado e ingenuo, de vuelta a su pueblo, con su ansiado título bajo el brazo, que lo saludan con sus voces graves y le muestran sus hijos, con profundo orgullo en sus miradas.
Pero ahora, aún con una soledad pesada, desconocida y sin embargo tan frecuente “del otro lado del mostrador”, en esa sala de espera de terapia intensiva se siente cansado pero satisfecho.
Inés, su mujer, lo acompaña en silencio y comparte su dolor y la impotencia de todo el saber humano ante las fuerzas naturales. A ella le suena incomprensible la jerga de los médicos terapistas, que abunda en siglas y en números, que dibujan una realidad sin una base sobre la que pueda sostenerla.
Le pasa sus manos suavemente por la espalda contracturada y nota, en la mirada de agradecimiento, un dolor muy profundo, intenso, irreparable, desconocido en la larga historia que comparten.
Una señal sonora de alarma del monitor de terapia marca el inicio del desfile apresurado de todo el personal de emergencias que, aunque angustiante resulta mucho, mucho más esperanzador que el tremendo y prolongado silencio que le sigue minutos más tarde. Cuando observó el rostro de su colega de la unidad de terapia intensiva no necesitó palabras sino alguien en quien apoyarse físicamente unos minutos. Afortunadamente su mujer estaba allí para darle un prolongado e imprescindible abrazo de sostén, un refugio físico temporal a tanta vorágine emotiva.
Lloró larga y silenciosamente, impedido de momento de usar la razón para comprender las leyes de la vida, sintiendo un desgarro casi corporal, que le arranca, con un profundo dolor, una parte importante de su única y más preciada riqueza, la presencia y los afectos de sus seres más queridos, familiares o amigos. Inés, más repuesta circunstancialmente, toma un teléfono y avisa al hospital donde trabaja Mario, para dar la triste noticia a sus compañeros de trabajo.
El lucero y la luna llena de una fría madrugada, alumbran tenues huellas en la calle ancha que costea las vías, por donde Hilario camina sobre un pedregullo crujiente con sus botas lustradísimas, hacia el hospital municipal, seguido, dos pasos más atrás por Dora y una de sus hijas. Un coro de gallos, calandrias y perros generan una polifonía divina destinada solo a los oídos de los humildes poniéndole música a esta marcha silenciosa. Al llegar, los invadió un calor ambiental y humano, de tanta gente que madruga para tener una respuesta esperanzadora a sus preguntas. Lugar de encuentros y de actualización social también permite observar las huellas del tiempo en los cuerpos, en los rostros de sus congéneres, la aparición impetuosa y el crecimiento de una nueva camada. La larga y sinuosa cola de pacientes que pedirán su turno se pondrá en marcha recién después de las siete de la mañana. Esta vez será diferente, piensa Hilario al imaginar su entrevista. Después del interrogatorio, del examen y las indicaciones, no hablaremos de cóndores, de chulengos, ni de la esquila por venir.
Llega a la ventanilla, mira el perfil de una empleada que pide sus datos personales, que pregunta ¿a quién consulta? y ante su repuesta, sin quitar sus ojos de un monitor inmenso dijo, sin mayores explicaciones ”El Dr. Mario hoy no atiende”….
De pronto, Hilario se sintió atravesado por un frío mucho más intenso que el sufrido en el más despiadado desierto de
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